Nadie envejece por vivir años, sino por abandonar sus ideales.
Eres tan
joven como lo sea tu fe, tu confianza en ti mismo, tu esperanza.
Eres tan viejo
como tu temor, tus dudas, tu desesperanza.
Se dice a menudo que la juventud es una puerta…una grieta
abierta en el asombro; y más de una vez, este término ha sido sintonizado con
matices de frescura, energía, ansias de vivir.
A decir verdad, ser joven también implica concebir a los ojos
como dos llamas flameantes y vivir apostando por certezas para muchos
irrealizables. Una definición tan idealizada como la que acabo de plasmar
convertiría a la juventud en un auténtico halago para la humanidad.
Pero lo cierto, es que no es posible nacer joven…es necesario adquirir la juventud. Y el pasaporte
para hacerlo, son precisamente los ideales
que nos caracterizan. El mundo y sus conquistas importantes han sido
motivados siempre por el espíritu de jóvenes deseosos de ver cambios; esas
agallas fueron y serán el motor de perfeccionamiento para el universo.
Sin embargo, parece que aquel escenario radiante dio –sin
preverlo- un giro completo. Las tendencias consumistas han ampliado sus
fronteras en los últimos años, y lograron apoderarse no solo de buena parte del
terreno económico nacional, sino también (y lo más grave) se apoderaron de la
conciencia juvenil. Hoy, envueltos en el inmediatismo y desinterés por la
posteridad, muchos jóvenes simplemente pretenden llenar su día de comodidades,
facilismos y desidias, tirando por la borda lo más exquisito de la vida: las locuras y conspiraciones del porqué
vivir.
Francamente, ya estoy cansada de sentir la ausencia de un
Vallejo caminando por la plaza, o de oír con asombro y emoción a un Haya de la
Torre durante algunos debates a puertas abiertas…sin embargo pareciera cada vez
más, que ese ímpetu se va apagando y poco o nada se ha hecho para ver florecer
tan valioso material humano.
Ese desequilibrio entre la perfección concebible y la realidad
practicable, se apoya en la naturaleza misma de la imaginación, siempre rebelde
al tiempo y al espacio…es precisamente esa dialéctica
conspiradora, propia de cada ideal impregnado en la conciencia colectiva de
quienes lo viven, la que encarna aquello que José Ingenieros trataba de
explicar desde sus investigaciones y sospechas…no sé si alguna vez nos hemos preguntado con voz unánime de
humanidad…¿hacia donde marchamos realmente?...pues desde la contradicción que
me mantiene viva, pienso que si seguimos
cruzados de brazos - como diría Sábato - seremos cómplices de un sistema que ha
legitimado la muerte silenciosa.
La vida también simboliza tener el coraje para sostener una duda
y para contagiarnos de ese ímpetu y vitalidad para germinar cambios…desde las
letras, desde el ejemplo, desde una pintura, desde la música...es decir, desde
la luz que seguimos aún sin verla, cualquiera sea el estilo que nos tracemos…
Porque al fin y al cabo la
esencia de nuestra naturaleza se resume en volvernos realmente humanos, haciendo
un poco más feliz la vida del otro, y consiguiendo que esa felicidad viva en
nuestro interior tan solo con la existencia de sí misma.
Y ya lo venía anunciando hace
alguna eternidad sin nombre Washington Delgado…
Porque
después de todo…nada importa sino es el amor...Sino es el odio
Yo estoy aquí para vivir, o para morir
Para cantar o para morir
Para respirar, comer y amar
O para morir…
Yo estoy aquí para vivir, o para morir
Para cantar o para morir
Para respirar, comer y amar
O para morir…
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