A lo largo de las
últimas décadas, hemos presenciado la caricaturesca forma en que se desenvuelve
el contexto laboral en nuestra ciudad.
Las mentes de los
profesionales de hoy, ya no se ocupan en pensar y con ello reformar desde su
óptica a los dañados sistemas que los rigen. Y aunque suene paradójico y hasta
un poco irónico; vivimos envueltos en un “individualismo
colectivo”, idiosincrasia que nos conducirá posteriormente a la decadencia.
Sin embargo, vayamos al
meollo del asunto, al genuino motivo de esta situación: los profesionales en
formación.
Ha pasado ya casi un
siglo desde aquella ola de inconformidad estudiantil que se tradujo en lo que
conocemos como “Reforma Universitaria”; donde una taxativa posición marcó el
inicio de cambios rotundos en el Sistema Académico de entonces.
Con desespero, una masa
de estudiantes pedían a gritos que se les escuchara, pedían a gritos una
SUSTANCIAL Y FRESCA EDUCACIÓN.
Y hoy, frente a ello,
los recintos de la intelectualidad; las innumerables universidades (públicas y
privadas) de nuestro medio; ¿qué hacen al respecto? ¿acaso minimizan de alguna
forma este problema? Y por último: donde ha quedado ese espíritu de lucha, ese
tesón con el que defendíamos nuestros ideales.
Es pertinente
reconocer, sin tapujos de por medio; que la responsabilidad recae en cada uno
de nosotros y que simple y llanamente, con despertar y reforzar esa capacidad
crítica dormida en nuestro fuero interno, podremos ocasionar el esperado
desborde de calidad profesional que nuestra ciudad y el país entero, hace
mucho, pero mucho tiempo exige.
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